22 jul 2011

Capítulo 3

Michael despertó con los huesos entumecidos a causa de haber estado durmiedo en el suelo. El sol estaba saliendo. Miró su reloj de pulsera, eran las seis y cuarto. Seguía sin recordar, sin embargo sentía que era hora de regresar a casa y continuar con su vida.
Abandonó la casita y dio gracias a Dios por el clima templado que había en California durante el día. Anduvo por el bosque durante algún tiempo, no conocía la zona y se preguntaba cómo encontraría su casa. Al cabo de un rato salió a una carretera que le resultaba familiar. No estaba muy lejos de Neverland.
Tras un buen rato de caminata que a Michael se le hizo eterno, llegó ante el enverjado de su hogar. Cruzó la entrada rapidamente y atravesó los extensos jardines. No se sentía reconfortado y tranquilo como solía cada vez que recorría su propiedad. Tenía miedo, estaba inquieto. Volvía a tener esa sensación de no estar solo, de que alguien lo observaba. Miró hacia atrás, y a lo lejos, en la enorme puerta de entrada, localizó la silueta de un hombre que lo miraba a través de la verja. No lo distinguía bien debido a la distancia, sin embargo el corazón le dio un vuelco. Aligeró el paso y se apresuró a entrar en casa. Cuando volvió a mirar atrás, el hombre había desaparecido.
Nada más entrar se encontró con Bill Bray, su guardaespaldas, en el vestíbulo.
-Buenos días Michael- dijo éste.
-Deberías echar un vistazo ahí fuera- dijo Michael casi sin mirarlo, absorto en sus pensamientos, mientras se dirigía hacia las escaleras- He visto a un hombre extraño mirando a través de la puerta de entrada.
-Desde luego- dijo Bill Bray extrañado- ¿No has pasado aquí la noche?
Michael se detuvo, pero sin darse la vuelta.
-No- contestó bruscamente- He estado... pensando.
-¿Pensando? Sé que lo estás pasando mal con esos... problemas económicos y...
-¡¿Problemas económicos?!- exclamó Michael dándose la vuelta repentinamente y visiblemente asombrado. Acababa de encenderse una luz en su mente.
-Lo siento, quizás no debería inmiscuirme en asuntos ajenos- Se disculpó el guardaespaldas.
Michael lo miró boquiabierto. Empezaba a recordar algo.
-No, no te preocupes- dijo Michael intentando disimular su asombro- ¿Sabes cómo podría solucionar esos problemas?
-Me has preguntado eso algunas veces, no lo sé. Pero creía que tú tenías una idea- respondió Bray con el ceño fruncido.
-Ah, claro, esa idea...- dijo Michael sin saber realmente de qué hablaba- Gracias Bill, me has ayudado mucho.
Bray lo miró con el entrecejo fruncido, confuso. A continuación, Michael subió las escaleras a toda velocidad y cerró la puerta de su habitación dando un portazo.


La potente voz del inspector Carpenter hizo que Amy diera un respingo.
-¡Cohen, nuevo caso para ti y Miller!- dijo dejando una carpeta marrón sobre el escritorio de Amy.
Amy suspiró, la cogió y comenzó a ojearla mientras el inspector, un hombre que superaba los cincuenta años y que tenía un poblado bigote, continuaba hablando:
-Nicholas Corozzo, hombre blanco de mediana edad, causa de la muerte, herida con un arma de fuego...
-¿Nicholas Corozzo?- dijo Amy arqueándo las cejas- Tenía montones de antecedentes penales ¿Seguro que es una víctima?
-Sí, juraría que estaba relacionado con la mafia- respondió el inspector con aire de superioridad- Sin embargo, quiero objetividad en este caso.
Amy asintió.
-Esta mañana Miller ha interrogado a un testigo, su declaración es bastante... extraña -siguió el inspector divertido-  Sin embargo la tendremos en cuenta en la investigación. Prácticamente es la única pista que tenemos.
Amy frunció el ceño y extrajo un folio de la carpeta.
-¿Es este el informe del interrogatorio?
-Exacto- afirmó el inspector Carpenter- Tienes toda la información referente al caso en la carpeta. Miller y tú deberíais interrogar hoy mismo al... sospechoso.
El inspector soltó una risita que sorprendió a Amy y se alejó con paso firme.
Amy se echó sobre el respaldo de su silla y se pasó las manos por el cabello negro. Estaba hasta arriba de trabajo, además trabajar con Dave Miller siempre la irritaba.
La voz irritante de Miller sonó a su lado:
-Eh, Amy, parece que nos han asignado el mismo caso- dijo con una sonrisa pícara.
Amy le dirigió una mirada inquisitiva.
-¿Vas a dejar algún día de tirarme los tejos?- preguntó malhumorada.
Miller era el típico hombre guaperas, inteligente y brillante, pero engreído y prepotente que creía tener a todo el mundo a su disposición.
-Algún día me dirás que sí- dijo todavía sonriendo- Es hora de irse a casa ¿Quieres que te lleve?
-No gracias, a mis veintinueve años creo ser capaz de cuidarme yo sola- contestó Amy arqueando las cejas.
-Está bien, hasta esta tarde, entonces.
Miller le guiñó un ojo, lo que irritó a Amy todavía más y se alejó a recoger sus cosas.
Amy puso los ojos en blanco y empezó a leer acerca del interrogatorio. Quedó enormemente sorprendida al darse cuenta de a quién debían interrogar.

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